Eran espejos rotos, los mismos que yo toqué,
esos que se derrumbaron en los cuentos suicidas,
que se aprendieron de memoria la salida el primer lucero
y los corrompidos recuerdos del último suspiro,
aquellos que esperaron sedientos el amanecer
junto a su morena piel…
Abrí su boca como una botella desmemoriada,
estaba dormida, pálida, como el fondo de estas letras.
Rompí sus palabras con un espléndido beso
y besé la luna y la muerte,
y el odio y a los hijos de los sueños
y a todos... eso fue un segundo.
Busqué después sus manos bajo las sábanas,
y esa pieza repleta de espejos que jamás se quiebran
...
Entonces, amado corazón, recuerda mi retrato,
porque es parte de tu ausencia y mis deseos desesperados.
Caminamos por el mar, bajo los ojos cómplices y el recuerdo del pasar,
queriendo dejar de ser torpes, deseando el exilio en manos del pasado.
El mundo sabía de esto,
cantamos juntos y dormimos,
fuimos un día de noviembre estremecidos en el deseo.
¡Oh maldita condición,
entre bebidas y amuletos,
y drogas de santo juicio,
el carboncillo, la ausencia,
el incrédulo milagro!
Malditas las sales caídas.
Maditos los huesos desdichados
Malditas las calles sin lijas
Maldito el deseo descascarado.
Maldita mi locura, corriendo por las calles, perdidos, sin glorias…
Tomé su cuerpo y fue mío, e incendié sus deseos con el deseo de mi juicio, fuimos padres del encanto,
sus manos rosaron mi envergadura, como mariposas en las flores disecadas de la pampa lejana,
entonces abrió sus labios y rajé todo su entorno, como marionetas de las calles,
fuimos cambiando el hombro y mojándonos del sudor.
el mismo sudor que extraño
todo era eterno y puse siembra en su alegría y su fertilidad es mi poesía
por ella es que canto y por ella que aún espero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario